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Dos segundos, (solo) dos.

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Siéntate en cualquier lugar,  con tiempo, y algo de espacio, y pregúntate cuantas veces pienso en ti. Es probable, que ni tú, ni yo, ni mi mente,  tengamos la respuesta a esa pregunta,  que poco te importará a ti, pero a mi,  me importa al menos más que solo un poco. No sé cual sería la cantidad exacta, el número justo,  pero si te puedo decir con total seguridad,  que es más de lo que yo misma sé. Y mira que yo sé mucho, aunque un poco menos desde que te conozco,  porque la gran incógnita de mi vida llego cuando apareciste tú. Tampoco me preguntes el por qué de eso, pues cuando se trata sobre ti me pierdo, como cual niña asustada que se asusta y corre rápido, pero no mucho porque es pequeña y se cansa al correr. Yo me canso al correr,  o al pensar, mejor dicho. Siempre dije que no soy de las que luchan,  porque siempre he tenido miedo de perder una batallas. Tú dices que eres de los que no se enamoran,  porque no...

Para siempre, dos palabras.

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Tengo una libreta con varias palabras perdidas,  y viejos sueños sin cumplir. De esas que compras por menos de dos euros en cualquier parte, pero que ahora mismo yo no vendería por nada. Tal vez porque le he contado muchas cosas, de esas que realmente a nadie le interesa,  pero que a muchos les gustaría saber. Realmente ella se convierte en mi mejor amiga en mis noches de poco sueño (que son muchas). En esas, que lo último que puedo hacer es dormir. No me gusta dormir cuando leer es la otra opción, o cuando no leer también está entre ellas. Hablo del momento en el que la música se hace tan increíble, que darle a pausa no es algo racional que hacer, y subir el volumen en tus cascos le gana de calle al miedo de quedarse sordo. Tal vez, ese sea el momento de reflexión, de esos de los que en realidad yo tengo muchos,  de esos que todos hemos tenido alguna vez en clase de matemáticas, (y en filosofía, sobre todo) En mates aprendí a contar poco con los dedo...

A eso de las tres.

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Hace dos noches, a las casi tres de la madrugada, cuando debería de haber estado durmiendo y no escribiendo, me di cuenta de una cosa. ''Estas no son horas para leer poesía, sin embargo, es la mejor hora para entenderla.'' Recuerdo que pensé. Tal vez, pocos entiendan lo que quiero decir en estas dos lineas, pero si los suficientes, los únicos, y los capaces, de hacer de la poesía algo especial.

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Tres de cada cuatro besos son tuyos. Cuatro de cada tres besos son tuyos.  Ahora si lo dije bien.

''Que la poesía nos salve del mundo''

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Que la poesía nos salve del dolor, de la tristeza, de la sumisión.  Y cuando sean las fuerzas las que falten, que las palabras no hagan creer invencibles para así seguir como siguen los valientes. Que el fuerte no nace, se hace. Pues todos nacimos desnudos y llorando, y terminamos con algo de ropa y un grito de guerra,  de supervivencia,  de lucha y fuerza.. Es así como nos hacemos fuertes,  tras cada tropiezo tonto, y caída dolorosa. Tras cada paso otra vez en el camino, con una tirita en la herida. Y yo,  que por admitir admito poco,  digo que soy de las que prefiere una tirita en la rodilla, y no en el corazón. Pues la cura externa cae,  mientas que la interna permanece. Pero así permanezco yo, siendo fuerte,  con un par de palabras que desgarran. Y es así como al final nos salva la poesía.  Con palabras que no son fuertes, pero nos dan fuerza,  con sentimientos tal vez no sensibles que se acaban sensibilizand...

Mi escapatoria.

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Tal vez me dormí llorando por la persona equivocada. No lo llamaría llorar tampoco, solo, la carrera entre dos lágrimas  que indican a saber qué tipo de sentimiento confuso,  que de confusión sabe poco. Poco. Poco sé yo sobre mucho.  Sobre ti. Sobre nosotros.  Y sobre mi, que debería de saber más que todo eso, y sé lo que sé por sabidurías urbanas. De esas que no se entienden mucho, pero en el intento te quedas con gran parte de lo que necesitas. Tal vez, el truco para no llorar siempre a estas horas es dormir, y dejar la poesía para otro momento.  Pero me gusta llamar a estas horas de la noche perdida,  las horas de las lágrimas liberadas por tres letras que forman un verso que  (para nada)  es perfecto. Tal vez,  muchos me leen, pero pocos entienden lo que trato de decir. Que si por palabras bonitas lees estas lineas, deja de leer. Que palabras bonitas no vas a encontrar,  sin un poco de sufrimiento en alguna de...

¿Pestañeas o me miras?

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Apareciste de repente, y te fuiste tan rápido, que en un segundo pestañeé y ya no estabas. Así que ahora pestañeo muy rápido para que vuelvas. Así como dejaré de pestañear cuando vuelvas a estar aquí.  Para así no perderte de vista. Para no perdernos a nosotros. Un abrir y cerrar de ojos, no más que eso, que sin sentido tan grande, aunque supongo que no es una promesa incumplida, nadie dijo que fuera fácil, y todos gritaban en silencio lo difícil que podía llegar a ser. Con miradas me refiero, de esas que te dicen que duele,  que la fuerza nace del último suspiro para tratar de vencer. Y por tratar de vencer, he quedado vencida tan rápido. ¿Perdemos la apuesta? Esa de que no podemos estar juntos, me declaro vencida una vez más,  una victorias de esas en las que tampoco puedes pestañear. Ya sabes. Que si cierras los ojos en el mejor momento, en un momento, en un segundo pasa de largo,  desaparece, y no vuelve jamás.

Tal cual.

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Tantas cosas que puedes hacerme. Tantas otras que me dejaría hacer... Terminemos como adultos lo que comenzamos como niños. Siempre pensé,  que del único tiempo del que hablaría contigo sería de si hace mucho calor para jugar con sábanas o sin ellas.  Y aquí me ves ahora, hablando del tiempo en segundos,  de esos que se transforman en meses,  que como no acaban en olvido.                                                                   Y eso que yo no sé olvidar...                 Así que te dejo esa parte a ti.