Hay silencios que hablan por sí solos.
Comencé a escribirte y descubrí que ya no me queda nada más por decir. Éste es tu final, y éste es mi principio. Bienvenida sea esa libertad en la que tú ya no me envuelves, y en la que mis últimos suspiros dirigidos a cualquier lugar de la nada ya no se parecen lo más mínimo a ti. Sentí que no me quedaba nada más por hacer salvo escribirte, salvo salvarte. Y creí, que estaba haciendo lo mejor, cuando cerré bajo llave todos los remordimientos para luego dejarlos salir de golpe e intentar que no pudieran con todo otra vez. Después de todo eso no sé bien que pasó. Sólo estaba yo sentada bajo todas esas mentiras, y tú querías arreglar las vidas de los demás dejándote ver por las noches como si por el día no existieras, y como si en los atardeceres el sol se marchaba porque no sabía nada de ti. No sé bien en qué momento dejó de importarme todo eso, pero me convertí en lo que tú jamás creíste que llegaría a ser: libre. De pronto ...