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Sólo los de él, sus asteroides de lunares su mancha, mi pérdida. Sólo sus cicatrices divinas benditas y los surcos de mi encuentro y mi pérdida. Comprendí que sólo él pide permiso antes y da las gracias después, luego subía a cualquier azotea prestada y se sentía el más grande y el más solo. Sin embargo no preguntaba si estaba bien o mal y lo hacia de todos modos, prefería preguntar por el silencio de alguna mirada perdida por los morros que le sacaban encantadoramente de quicio, por los minutos que corrían y no entendía por que no llegaba, por el tiempo perdido, y por el por qué de algunas tristezas que a veces te remueven el alma. Y sonreía y toda yo quedaba paralizada, en ese encanto satisfactorio que salía de sus labios cuando los apretaba contra los míos. Me cogía de la mano y me decía ''Tú no te vayas muy lejos, que la suerte no sonríe dos veces'' sin saber que la suerte la tenía cogida por las ma...