Mi escapatoria.
Tal vez me dormí llorando por la persona equivocada.
No lo llamaría llorar tampoco,
solo,
la carrera entre dos lágrimas
que indican a saber qué tipo de sentimiento confuso,
que de confusión sabe poco.
Poco.
Poco sé yo sobre mucho.
Sobre ti.
Sobre nosotros.
Y sobre mi, que debería de saber más que todo eso,
y sé lo que sé por sabidurías urbanas.
De esas que no se entienden mucho,
pero en el intento te quedas con gran parte de lo que necesitas.
Tal vez, el truco para no llorar siempre a estas horas
es dormir, y dejar la poesía para otro momento.
Pero me gusta llamar a estas horas de la noche perdida,
las horas de las lágrimas liberadas por tres letras que forman un verso que
(para nada)
es perfecto.
Tal vez,
muchos me leen, pero pocos entienden lo que trato de decir.
Que si por palabras bonitas lees estas lineas, deja de leer.
Que palabras bonitas no vas a encontrar,
sin un poco de sufrimiento en alguna de las letras.
Ya sabes
como logran los grandes dejar el alma vacía al poner el punto y final.
Vacía,
pero de sentimientos turbios que nieblan los sentidos.
Sé bien que he dicho los grandes,
y que no entro en ese género,
pero que bien los entiendo.
Que es fácil escribir con el corazón lleno.
Quizás con el corazón no, pero con la barriga si.
Que poco tendrá que ver,
pero no son uno ni dos los que confunden el amor con hambre.
Yo no,
los distingo casi poco pero mucho,
así que me comeré un bocadillo,
me fumaré cualquier cosa que me haga despegar de aquí,
y regresaré justamente mañana por estas horas.
A leer poesía otra vez (como no)
A llorar y a no hacerlo.
A creerme fuerte con cada palabra para sorprenderme al fin de que no me lo creo,
de que realmente lo soy,
y de que todo,
al fin y al cabo,
sigue quedando en poesía en esas horas de la noche que no están echas para leer,
sino para dormir.
No lo llamaría llorar tampoco,
solo,
la carrera entre dos lágrimas
que indican a saber qué tipo de sentimiento confuso,
que de confusión sabe poco.
Poco.
Poco sé yo sobre mucho.
Sobre ti.
Sobre nosotros.
Y sobre mi, que debería de saber más que todo eso,
y sé lo que sé por sabidurías urbanas.
De esas que no se entienden mucho,
pero en el intento te quedas con gran parte de lo que necesitas.
Tal vez, el truco para no llorar siempre a estas horas
es dormir, y dejar la poesía para otro momento.
Pero me gusta llamar a estas horas de la noche perdida,
las horas de las lágrimas liberadas por tres letras que forman un verso que
(para nada)
es perfecto.
Tal vez,
muchos me leen, pero pocos entienden lo que trato de decir.
Que si por palabras bonitas lees estas lineas, deja de leer.
Que palabras bonitas no vas a encontrar,
sin un poco de sufrimiento en alguna de las letras.
Ya sabes
como logran los grandes dejar el alma vacía al poner el punto y final.
Vacía,
pero de sentimientos turbios que nieblan los sentidos.
Sé bien que he dicho los grandes,
y que no entro en ese género,
pero que bien los entiendo.
Que es fácil escribir con el corazón lleno.
Quizás con el corazón no, pero con la barriga si.
Que poco tendrá que ver,
pero no son uno ni dos los que confunden el amor con hambre.
Yo no,
los distingo casi poco pero mucho,
así que me comeré un bocadillo,
me fumaré cualquier cosa que me haga despegar de aquí,
y regresaré justamente mañana por estas horas.
A leer poesía otra vez (como no)
A llorar y a no hacerlo.
A creerme fuerte con cada palabra para sorprenderme al fin de que no me lo creo,
de que realmente lo soy,
y de que todo,
al fin y al cabo,
sigue quedando en poesía en esas horas de la noche que no están echas para leer,
sino para dormir.
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