Aquí sigo.
Sabía que me estaba metiendo en la boca del lobo,
pero qué bien sienta a veces cuando te comen.
Tirarse sin paracaídas,
acelerar cuesta abajo,
saltar de espaldas.
No mirar las cartas que están sobre la mesa, y jugársela
me parece una muy buena forma de ganar la partida.
Hubo un día en el que miré atrás
y ya no había absolutamente nada.
¿Se supone que debo de sentir miedo?
Hace tiempo que le perdí el significado,
aunque eso carezca de sentido,
y yo no sepa bien qué hacer ahora,
o en que lugar nos deja después de todo lo que hemos dejado de ser.
Hace más de lo que recuerdo,
que no recuerdo dónde se rompieron todos los lazos,
y las cartas a mano,
y los juegos de palabras de dejarnos en silencio.
Hace diez mil mentiras que no te creo.
Aún así, todavía espero escuchar alguna verdad.
O entender, por qué a pesar de todo, sigo permaneciendo inmóvil donde siempre,
escuchando una y otra vez,
lo que hace demasiado tiempo dejaste de decir,
o yo de oír.
Todas las últimas veces dejan de serlo constantemente.
No ponemos punto y final,
y al final, todo acaba con nosotros.
Hemos acabado.
La pregunta es dónde.
Siempre he dicho que volver al principio es una buena forma de buscar el final.
Terminar en círculos, buscar un sentido, una conexión.
Algo, que de alguna manera,
nos haga sentir que valió la pena.
¿Realmente la valió?
Yo no sabría decirte,
y tú una vez más no sabrías escucharme.
Yo
experta en discursos de espejos en los que digo todo.
Tú,
sin espejos ni discursos, y con silencio.
Hemos acabado
con nosotros mismos.
Tal vez sea el momento de poner punto y final definitivamente,
y sin el tal vez.
terminar con últimas veces constantes
en noches frías,
batidos
y café.
Aquella última fue la penúltima,
y esta última tiene pinta de ir por el mismo camino.
El caso es, que siempre termino en ti,
y yo ya no tengo ni idea de cuánto quiero todo esto.
Nos veremos,
y acabaremos,
supongo.
La cuestión es cómo,
y eso, ni tú lo sabes,
ni yo tampoco.
pero qué bien sienta a veces cuando te comen.
Tirarse sin paracaídas,
acelerar cuesta abajo,
saltar de espaldas.
No mirar las cartas que están sobre la mesa, y jugársela
me parece una muy buena forma de ganar la partida.
Hubo un día en el que miré atrás
y ya no había absolutamente nada.
¿Se supone que debo de sentir miedo?
Hace tiempo que le perdí el significado,
aunque eso carezca de sentido,
y yo no sepa bien qué hacer ahora,
o en que lugar nos deja después de todo lo que hemos dejado de ser.
Hace más de lo que recuerdo,
que no recuerdo dónde se rompieron todos los lazos,
y las cartas a mano,
y los juegos de palabras de dejarnos en silencio.
Hace diez mil mentiras que no te creo.
Aún así, todavía espero escuchar alguna verdad.
O entender, por qué a pesar de todo, sigo permaneciendo inmóvil donde siempre,
escuchando una y otra vez,
lo que hace demasiado tiempo dejaste de decir,
o yo de oír.
Todas las últimas veces dejan de serlo constantemente.
No ponemos punto y final,
y al final, todo acaba con nosotros.
Hemos acabado.
La pregunta es dónde.
Siempre he dicho que volver al principio es una buena forma de buscar el final.
Terminar en círculos, buscar un sentido, una conexión.
Algo, que de alguna manera,
nos haga sentir que valió la pena.
¿Realmente la valió?
Yo no sabría decirte,
y tú una vez más no sabrías escucharme.
Yo
experta en discursos de espejos en los que digo todo.
Tú,
sin espejos ni discursos, y con silencio.
Hemos acabado
con nosotros mismos.
Tal vez sea el momento de poner punto y final definitivamente,
y sin el tal vez.
terminar con últimas veces constantes
en noches frías,
batidos
y café.
Aquella última fue la penúltima,
y esta última tiene pinta de ir por el mismo camino.
El caso es, que siempre termino en ti,
y yo ya no tengo ni idea de cuánto quiero todo esto.
Nos veremos,
y acabaremos,
supongo.
La cuestión es cómo,
y eso, ni tú lo sabes,
ni yo tampoco.

Comentarios
Publicar un comentario