No estés.

No olvides que llevas el peso
de todas
y cada una de mis cartas
aunque no las hayas leído.

Escribir entre lágrimas siempre se me ha dado
como no
demasiado bien,
y trágico.

Cada feche está escrita en rojo
en la parte superior 
izquierda,
como solíamos hacer siempre.
Decías eso de 
''Hoy te toca escribirme tú,
que yo ya no sé que más decirte
pero si
demostrarte''
y yo sonreía como si jamás antes hubieras dicho tales palabras
como si fuera lo mejor que me podrías decir.

Y aún sigo enseñada por ti,
viendo las películas de siempre
y sonriendo en los mismos comentarios,
recordando como me mirabas al ver tu parte favorita
para asegurarte que estaba pendiente de cada detalle,
y no solo de la pantalla.

Siempre nos quedarán las viejas melodías con piano de fondo
siempre me quedará aquel cosquilleo,
sabiendo que eras tú el que llamaba,
sabiendo,
que tú también te acordarías de mi.

De los días de calor y esmalte de uñas,
de las mismas películas de siempre,
los taxis a 120,
los a lo mejor,
y el suponer que te has dormido
y dormirme sonriendo.

De pronto al dormirme no estabas
ni al despertarme,
tampoco,
ni al mirar a hurtadillas en cualquier rincón 
donde antes solías estar
pero ya no.

Mi peso se había consumido en letras
y páginas llenas de tu nombre
sin el mío
y sin nada más que decir.
Nada más.

Y es que nos espera el peso de mis cartas
y de mis esperas
porque tú ya no estarás más.





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