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Sólo los de él,
sus asteroides de lunares
su mancha, 
mi pérdida.

Sólo sus cicatrices 
divinas
benditas
y los surcos de mi encuentro 
y mi pérdida.

Comprendí
que sólo él pide permiso antes 
y da las gracias después,
luego subía a cualquier azotea prestada
y se sentía el más grande
y el más solo.

Sin embargo no preguntaba si estaba bien o mal
y lo hacia de todos modos,
prefería preguntar por el silencio de alguna mirada perdida
por los morros que le sacaban encantadoramente de quicio,
por los minutos que corrían
y no entendía por que no llegaba,
por el tiempo perdido,
y por el por qué de algunas tristezas
que a veces
te remueven el alma.

Y sonreía y toda yo quedaba paralizada,
en ese encanto satisfactorio 
que salía de sus labios 
cuando los apretaba contra los míos. 

Me cogía de la mano y me decía 
''Tú no te vayas muy lejos,
que la suerte no sonríe dos veces''
sin saber que la suerte la tenía cogida por las manos
de par en par
y a palma cerrada,
dispuesta a comenzar una guerra contra el mínimo atisbo 
de aire que me separaran de tal cantidad de vida.

Era el que sonreía en el asfalto caliente
en pleno verano
y pintaba el suelo 
con mi esmalte de uñas rojo.

Se tiraba sin miedos ni paracaídas
sobre cualquier rincón de mi cama,
y me miraba como quien mira a lo más grande
aunque sea lo más pequeño de este planeta.

Aún recuerdo aquella última vez 
que dejamos de hablar 
y dejó de mirar atrás a ver si le seguía.
Me quedé bajo las escaleras
pensando en él
y en que tal vez 
aún con todo el frío del mundo
volvería a esperarme igual.

Pensé que estaría de pie
mirándome 
y sonriendo como solo él sabe.

Pero no llegó y no le esperé
porque tal vez no podía ver como no llegaba
o porque quizá,
dolería más volver a ver como se marchaba otra vez. 



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