-Diario de un ladrón de bancos.


Hay un dicho que tengo grabado en la memoria.
''Que seas paranoico no quiere decir que no haya gente ahí fuera que quiera pillarte''. Verdad pura y dura. Siempre he sido un paranoico, desde que tengo uno de razón e incluso antes. Gavin siempre se reía de mí, y decía a todo el mundo que cuando nací asomé primero la cabeza para asegurarme de que no habían moros en la costa. Todos se reían de mi y hacían chistes a mi costa, pero, al final, ¿quién ha sido el único que no a acabado en la cárcel? 
Esa era mi forma de ser y los últimos acontecimientos no es que me ayudaran a relajarme. El doble golpe a la mercancía de John Broad, el encarcelamiento de Sid, la acusación de violación y todo lo que está pasando con Heather. Tenía los nervios a flor de piel. La situación con Heather era especialmente difícil de digerir.  Había intentado llamarla, pero últimamente no era capaz ni de esperar a que terminase el mensaje del contestador. Sabía que estaba allí, escuchándome en el contestador, pero no había nada que pudiera decir para que ella cogiera el teléfono. ¿Cuándo deje de ser un salvavidas en un mar de soledad para convertirme en alguien a quien evitar? Aquello me hacía sentir muy mal, sobre todo porque era una relación secreta y no había nadie con quien pudiera hablarlo. Por lo general, cuando una cosa de estas sale mal al menos tienes garantizadas cientos de razones distintas de por qué eres un hijo de puta, una cortesía que te hace todo el que te conoce. Pero no en esta ocasión. En esta ocasión solo estábamos un montón de preguntas sin respuestas y de mensajes grabados y yo.
Había días en los que parecía que el mundo entero estaba en mi contra. Y en ocasiones hasta parecía que los astros también los respaldaban. Si Heather, la única persona en el mundo en quien he confiado, podía volverse contra mí con tanta facilidad, entonces…Dios, no lo sé. Dejé de pensar; todo se había complicado demasiado. Quizá supone algo raro, pero lo hice, dejé de pensar casi por completo. Antes reflexionaba y meditaba las cosas todo el tiempo, pero las conclusiones a las que había llegado últimamente no me habían gustado, así que paré. Me quedé como atontado. Percibía todo y lo asimilaba todo; tan solo dejé de abarrotar mi mente con explicaciones.  
Me preocupé exclusivamente del qué, cómo, qué, cuándo y dónde, y dejé el porqué para otra ocasión.


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