Y mirar con los ojos cerrados a cosas invisibles.

Que alguien me explique como funciona esto de las casualidades, que yo no las entiendo bien. Por mirar al cielo descubrimos las estrellas, y por mirar al suelo tan solo descubrimos tierra. Tan simple como un puto movimiento de cabeza para cambiar la perspectiva y tal vez el pensamiento en cuestión de segundos. 
O menos.
Miras al cielo y lo ves enorme. Sabes que eres diminuto ante todo lo demás. Que los problemas terminarán perdiéndose al doblar por la próxima esquina y que la alegría y eso a lo que (ll)amamos felicidad está en cada paso que damos. Sin darnos cuenta.
O tal vez haciéndolo. 
Luego miras al suelo, y, joder, cuanta mierda ¿no?.
Ves los pequeños bichitos tratando de sobrevivir y corriendo en todas las direcciones posibles para no terminar aplastados en el suelo por la suela de alguno de nosotros. Y es triste.
Es en ese momento en que te das cuenta que al final y desde el principio todos tratamos de sobrevivir. Y de no quedarnos atrapados en nosotros mismos. 
De la realidad que nos persigue día a día mientras corremos por un laberinto inexistente que desaparece en el momento en el que miramos para otro lado. 
Y es tan fácil como mirar, o simplemente cerrar los ojos. Quién sabe. Puede que sea más fácil seguir huyendo como cobardes para caer una y mil veces más en la cárcel más libre del mundo, de la que podemos salir tan solo con suspirar. 
Andan tantos cabizbajos por el mundo, y tantos soñadores por otro lado que me pregunto si tan solo es la casualidad de mirar a un lado.
O a otro. 
Puede ser.
Y es que recuerdo que un día miré al frente y te vi.
Desde entonces ya solo miro al frente.
Por si te veo.
Por si vienes a mi lado, y lo miras conmigo.


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