hablo del rincón de las almas perdidas.
Creo que todo esto comienza por el miedo a lo desconocido. Pues todos hemos mirado alguna vez debajo de nuestra cama, esperando no encontrar nada, queriendo ver lo de siempre.
Y siempre el miedo al cambio nos hace mirar.
Luego pensamos que los cobardes son aquellos que le temen a la oscuridad, aunque yo no lo llamaría miedo, sino más bien masoquismo. Pues se debe de vivir jodidamente bien sin tener que ver (encima con la luz encendida) en el desastre constante en el que vivimos.
En el que vivo.
Y es así como he llegado a querer ser el monstruo que esperas encontrarte debajo de la cama, el que esperas que no salga nunca del fondo del armario, para así no temer a ningún otro ser paranormal que es más normal de lo que nos da miedo admitir.
Hablo de resignación.
De la realidad, y esas cosas.
De la vida en sí, en su lado más absolutamente despreciable y aterrador.
Así que pienso que es más fácil vivir con la luz apagada y temiendo al malvado monstruo que habita bajo la cama de todos aquellos que hemos mirado sin encontrar nada,
para suspirar aliviados y poder dormir así un poco más tranquilos.
Y es que la tranquilidad no nos la proporciona el que debajo de la cama tan solo haya polvo y alguna que otra zapatilla perdida, esa que llevábamos buscando hace ya un par de semanas.
Nos alivia saber que estamos a salvo de nosotros mismos, de nuestra realidad,
de esa que nos rodea y de que podemos desconectar de ella, por unas cuantas horas,
y adentrarnos así en la oscuridad.
Esa que es de cobardes pero que es donde al final estamos todos.
Durmiendo.
O no durmiendo.
Quién sabe.
Y siempre el miedo al cambio nos hace mirar.
Luego pensamos que los cobardes son aquellos que le temen a la oscuridad, aunque yo no lo llamaría miedo, sino más bien masoquismo. Pues se debe de vivir jodidamente bien sin tener que ver (encima con la luz encendida) en el desastre constante en el que vivimos.
En el que vivo.
Y es así como he llegado a querer ser el monstruo que esperas encontrarte debajo de la cama, el que esperas que no salga nunca del fondo del armario, para así no temer a ningún otro ser paranormal que es más normal de lo que nos da miedo admitir.
Hablo de resignación.
De la realidad, y esas cosas.
De la vida en sí, en su lado más absolutamente despreciable y aterrador.
Así que pienso que es más fácil vivir con la luz apagada y temiendo al malvado monstruo que habita bajo la cama de todos aquellos que hemos mirado sin encontrar nada,
para suspirar aliviados y poder dormir así un poco más tranquilos.
Y es que la tranquilidad no nos la proporciona el que debajo de la cama tan solo haya polvo y alguna que otra zapatilla perdida, esa que llevábamos buscando hace ya un par de semanas.
Nos alivia saber que estamos a salvo de nosotros mismos, de nuestra realidad,
de esa que nos rodea y de que podemos desconectar de ella, por unas cuantas horas,
y adentrarnos así en la oscuridad.
Esa que es de cobardes pero que es donde al final estamos todos.
Durmiendo.
O no durmiendo.
Quién sabe.

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